La ciudad redujo 24% la contaminación desde 2018, pero persisten emisiones no exhaust.
Bogotá acelera su transición eléctrica
Bogotá se consolidó como referente regional en movilidad sostenible con una flota creciente de buses eléctricos y la operación pública de La Rolita. Según reconocimientos internacionales, la capital redujo 24% su contaminación del aire desde 2018, un resultado asociado a políticas de control de emisiones y renovación del transporte. Al mismo tiempo, la ciudad se prepara para recibir más vehículos de cero emisiones en 2026 y ampliar patios de carga y operación.
Sin embargo, el debate no es menor: expertos en calidad del aire recuerdan que, aunque estos buses no emiten gases por el escape, sí generan material particulado por desgaste de llantas, frenos y resuspensión de polvo, además de depender —en parte— de una matriz eléctrica que aún combina fuentes fósiles. En otras palabras, el reto va más allá del motor.
Lo que muestran los datos recientes
En 2025, TransMilenio anunció la llegada de nuevas flotas eléctricas para fortalecer el sistema desde 2026, con mejoras de accesibilidad y equipamiento a bordo. La ciudad, además, reforzó su infraestructura con patios como el de La Rolita en Ciudad Bolívar, capaz de cargar simultáneamente 195 buses y operar con un enfoque de equidad de género en el talento humano.
En paralelo, la capital fue destacada por iniciativas globales que resaltan políticas de “aire limpio” y la reducción de concentraciones de contaminantes finos. Informes técnicos y mediciones independientes muestran que, entre 2022 y 2023, hubo una mejora en promedios de PM2.5, aunque con episodios estacionales que siguen afectando a población sensible.
¿Cero emisiones en operación, cero impactos?
La promesa de “cero emisiones” aplica al tubo de escape, pero no al ciclo completo del vehículo. El desgaste de neumáticos y frenos libera partículas sólidas que se depositan en vías y pueden suspenderse con el tráfico. Estas emisiones no exhaust se han vuelto tema clave en múltiples ciudades del mundo, y también son relevantes en Bogotá por su tráfico denso y topografía.
Además, si bien el sistema eléctrico colombiano tiene una alta participación de fuentes renovables, los periodos de sequía o mayor demanda obligan a usar térmicas, lo que condiciona la huella de carbono indirecta del transporte eléctrico. La planeación energética y la gestión integral del polvo urbano son, por tanto, piezas del mismo rompecabezas.
La expansión eléctrica, en cifras
Las autoridades distritales han presentado nuevos paquetes de buses que reforzarán el componente troncal y zonal. Se suman a la operación de La Rolita, flota 100% eléctrica que simboliza el viraje hacia tecnologías limpias y prácticas de inclusión laboral. El patio taller de La Rolita en Perdomo es hoy un activo estratégico para esa transición.
A la par, el Distrito ha divulgado mejoras de accesibilidad (sillas preferenciales, espacios para sillas de ruedas y cochecitos) y sistemas de seguridad (cámaras, sensores de peso, monitoreo), alineados con una experiencia de viaje más segura y cómoda.
La calidad del aire: avances y alertas
Reconocimientos internacionales como Earthshot han resaltado el descenso del 24% en contaminación desde 2018. Medidas como la gestión de fuentes móviles, la renovación tecnológica y mejores modelos de pronóstico han ayudado. No obstante, los documentos de control fiscal y análisis sectoriales mantienen el foco en las fuentes móviles como el principal desafío urbano.
El debate público ha incorporado temas como el ruido, las partículas por fricción y la cobertura de rutas, elementos que determinan la percepción ciudadana de “aire más limpio” en su cotidianidad.
Energía, operación y mantenimiento
Para que la promesa eléctrica se consolide, la gestión del mantenimiento preventivo, el estado de vías, la limpieza de corredores y la calidad de las llantas es determinante. Son factores que pueden reducir la generación de polvo y partículas y prolongar la vida útil de componentes críticos.
En el frente energético, más contratos de renovables, almacenamiento y estrategias de eficiencia ayudarán a bajar la intensidad de carbono del kilovatio que alimenta la flota pública.
¿Qué mirar en 2026?
Con la entrada de nuevos buses eléctricos el foco estará en métricas de desempeño: consumo energético por kilómetro, disponibilidad de flota, tiempos de carga, niveles de PM2.5/PM10 en corredores y encuestas de satisfacción. La meta: confirmar que los beneficios ambientales y de servicio se sostienen al escalar la operación.
Comparaciones internacionales
Ciudades que migran a electromovilidad también reportan emisiones no exhaust. La tendencia global es tratar estos impactos con neumáticos de baja abrasión, frenado regenerativo (que reduce el uso del freno mecánico), limpieza de vías y control de velocidad. Bogotá ya explora varias de estas estrategias.
Autoridades distritales celebran el reconocimiento internacional y ratifican que la electrificación del transporte público llegó para quedarse, con nuevos contratos y ampliación de patios. Operadores privados y públicos destacan mejoras de ruido y confort dentro de los vehículos.
Organizaciones técnicas y veedurías piden medir y transparentar las emisiones no exhaust, publicar comparativos por corredor y alinear la expansión eléctrica con metas de calidad del aire y energía más limpia.
Bogotá avanza, con matices, hacia un transporte público más limpio. La electrificación mejora el aire urbano, pero no elimina todos los impactos. Controlar polvo, llantas y frenos, junto con una matriz eléctrica más renovable, será decisivo para consolidar beneficios.









